¿ES CHILE UN PAÍS MUSICALMENTE FELIZ?

La música dice mucho del pueblo que la cultiva...


He estado escuchando música de distintos lugares del mundo, sólo para acaparar mi playlist con canciones alegres o energizantes. Gracias a los datos de amigos, he llegado a artistas de distintas épocas y de distintos géneros, como Goran Bregović, The Klezmatics, Django Reinhardt, Louis Armstrong, Toots and the Maytals, etc. Varios de ellos, con nada en común, salvo el hecho que condimentan mi día con música que me hace sentir bien...

Sin embargo, me preguntaba mientras escucho a la sociedad de jazz gitano de Django Reinhardt y Stéphane Grappelli, ¿es Chile un país musicalmente feliz?

Partamos de la base que a Chile le está faltando rock (y por momentos el rock es un género muy feliz). Despejemos los géneros extranjeros como la música tropical, desde la incombustible Sonora Palacios (que es la de verdad, porque Tommy Rey canta sus canciones), pasando por toda la movida del Galpón Víctor Jara (Chico Trujillo, Banda Conmoción y demases) y llegando a la movida de La Tuna (La Noche, Américo, etc.), porque es alegría prestada. Descartemos el neo-folk chileno, que por momentos se escucha como un desahogo colectivo unplugged. Llegamos a las distintas manifestaciones folklóricas y nos damos cuenta que a lo que llegamos es a un vasto páramo...

Al que no se mueve con las diabladas en La Tirana,
tápenlo con diario...

La diversidad folklórica de Chile no contempla una luz de felicidad que se quiera expresar con música y verso. Si bien la cueca es bastante funcional a cualquier cosa que se quiera comunicar, su estructura demasiado rígida constriñe esa alegría anárquica que se puede lograr con solos instrumentales y con cambios de intensidad en los sonidos. La tonada campesina es más relajada, pero no inspira energía sino que más bien es un relato musical o un lamento. La música chilota es como el sur mismo: fría, lenta y emotiva; más de personas e historias que de sensaciones extremas. Quizás la excepción está en la música andina del norte, pero no por sus letras, sino por la energía que exigen los bronces en las diabladas y el charango en piezas más tradicionales...

Todo esto me cuadra un poco con nuestra realidad. Siendo Chile un país económicamente estable, sin un verdadero riesgo de conflictos bélicos, en donde las instituciones funcionan (por lo general) y en el que cada día hay más y mejores oportunidades para todos (no todas las que quisiéramos, pero vamos que se puede!), los chilenos no nos caracterizamos por nuestra felicidad. Peor aún, el chaqueteo, el fijarse en lo que nos falta más que en lo que tenemos, el preocuparnos por el del lado cuando hay incentivos tributarios o campañas televisivas, el mirar en menos (sobre todo el vivir llamando rotos o picantes a la gente humilde y de gustos no tan socialmente refinados), el sacar la vuelta, el atiborrar nuestra rutina de trabajo sin sentido, entre otras cosas, parecieran estar dominando nuestra idiosincrasia.

Deje de sufrir, deje de amargarse, deje su trabajo,
deje a su familia... Y BAJE BUENA MÚSICA!

¿Cómo componer melodías felices si como sociedad no encontramos felicidad que expresar?

La alegría no es sólo brasileña, señores.

Te lo dice,

R.F.S.K.

JOVEN ABUELO - NIÑO SOL

Con Felipe discutimos siempre sobre la abstracción de la música y del arte. Felipe sostiene que la música pura -digamos, aquella que carece de palabras u otros signos convencionales- es inasible. Así las cosas, no habría nada más abstracto que la música y, en consecuencia, no estaría sujeta ni sometida a comprensión humana alguna. Sería, entonces, infinitamente misteriosa. (Felipe niega además la posibilidad de una semiótica de la música, cosa que para mi no puede sostenerse seriamente). Yo, por mi parte, reconozco y concedo que la música "pura" tiene una mayor capacidad de abstracción que cualquier otro tipo de arte, sin embargo, no puedo ir tan lejos como mi amigo por la sencilla razón de que la música, al igual que cualquier otro arte, se encuentra modelizado en un devenir cultural que necesariamente permite establecer variantes de sentido concretas, como por ejemplo, la oposición y la evidente diferencia de ánimos entre una escala mayor y una menor. Mi compañero se pone empírico, toca dos notas al azar de su bajo y me desafía ¿qué significa esto?. Yo le pido que vaya a leer Altazor y que me diga qué significa el primer verso del Canto VII. La discusión nunca termina... pero bueno.

En última instancia, cualquier controversia sobre la música es una antinomia, claro está, como también lo es la idea de un JovenAbuelo. Por tanto, más que sentarnos a disquisidir sobre los límites y carácteres de tan primigenio arte, me parece más pertinente hacer la siguiente pregunta ¿es posible que se transmitan mensajes a través de la música que no tiene palabras?. Pensemos en la banda que trae a colación esta reflexión, pensemos en su último disco "Niño Sol", escuchémoslos, ensayemos entonces una respuesta concreta y afirmativa por medio de aquellos que tienen el atrevimiento de no importarles ser el hit radial pegajoso y cool de 3:00 minutos, sino mejor hacer algo mucho más serio: jugar con el sonido, crear, transgredir, experimentar. ¿Es cosa postmoderna todo esto, no?; sí, obvio, postrock.



Pero primero vamos con las presentaciones. Los artífices de esta paradójca propuesta infanto-senil son Sebastián Rivera, (Bajo), Ignacio Cea (Guitarra), Javier Nacif (Teclados, Sintetizadores, Guitarra, Melódica y Acordeón) y Javier Hechenleitner (Batería); quienes con dos discos y un ep bajo el brazo producidos de forma independiente se merecen nuestra completa atención.

El disco "Niño Sol" fue parido a finales del 2009 (en un show audiovisual vibrante) y está compuesto por cuatro temas: "Nacimiento", "Menarquia", "Liberación" y, por supuesto, "Niño Sol" que le da nombre al trabajo. Cada una de las piezas caracteriza atmósferas definidas, estados de conciencia, desarrollo narrativo de lo que es y de lo que se es en el mundo. Cada una de ellas se deslizan de forma organoléptica, mas la organicidad de lo que se escucha permite evocar el desarrollo de todo lo que está vivo: el panteísmo que explica el ahora de la célula, la gota que cae, la hormiga, el fungi que no existe más que unas horas, los seres humanos y su incesante estupidez hereditaria, la tierra, el universo impensable, etc.


"Nacimiento" transita por un espacio sencillo y naïf, realmente muy sobrecogedor que expone hechos tangibles: la dulzura del comenzar, toda su torpeza, todo aquello que sólo necesita ser para ser bello (vemos gente caminar todos los días pero qué contentos nos ponemos cuando vemos los primeros pasos de un niño). "Menarquia" es el descubrimiento del mundo como un algo que nos influye y al cual podemos influir, por tanto, devela la natural tristeza y felicidad de nuestro acontecer que sabemos recién comienza. Esta imagen de los dos inicios imbricados, uno desde la nada y otro desde el ser, nos lleva a "Liberación" (mi pieza preferida), donde las sensaciones chocan con más fuerza por el estímulo más bien doloroso que deja la ahora confusión que se apodera de todo. Una batalla que sortear, la oscuridad del corazón, la necesidad no sólo de ser sino de ser algo, la inocencia de lo que se pierde y que necesita ser reemplazado por otra cosa. Por suerte esta es una historia heróica, se puede trascender la muerte, volver al origen, apelar al eterno retorno de convertirnos en un "Niño Sol", donde podemos ser coronados si tan sólo estamos dispuestos a aceptar nuestra naturaleza infinitamente-finita.

Probablemente Felipe y yo estamos más de acuerdo de lo que creemos. Probablemente los dos estamos de acuerdo en lo siguiente: no hay necesidad de entender la música, basta con cerrar los ojos y dejarse llevar. Disfruten este disco, disfruten esta banda.

CHINOY - DRAGONES



Esta es una reseña apócrifa. No se malentienda lo que quiero decir, a Chinoy lo vi, lo escuché, lo sentí. Esta reseña es apócrifa porque comenzó a escribirse mucho antes de haberlo visto, porque se completó mucho después de ese viernes patafléxico en la Biblioteca Nacional. Esta reseña comenzó y se completo por el azar de los dragones, de los dragones que Chinoy ha invocado volver en una canción que en vivo no pude escuchar. Esta es una reseña apócrifa.

Dice Chinoy que su música es un atrevimiento, esto es cierto: se atreve a ser humilde, se atreve a ser sincero, se atreve a tener la boca lleno de símbolos, se atreve a cantar como delfín, a reír como niño, a mirar como gato, se atreve....

En Chinoy se puede asomar tanto Sabina, Dylan y Silvio, como Sócrates, Rimbaud y Nietzsche. Y esto si que es un atrevimiento. Cantar “más allá del bien y el mal”, significa cantar a la necesidad de salir de la conciencia moderna; escapar, porque estamos captivos en la nupcialidad, abobados mirando las sombras de una caverna platónica, en la creencia de que nuestra razón, un barco completamente ebrio, no zozobra en la ventisca de la naturaleza .


Este atrevimiento de los dragones que se invocan sólo puede definirse en los parámetros del poder, esto es, del poder del hombre sobre el hombre y toda su violencia inherente. Con ello, no queda más que mostrar todas esas censuras que se radican más debajo de nuestras cinturas, nuestros deseos -minerales, vegetales, animales, humanos- para ser dejados libres, para dejar a Cristo libre de celebrar su animus y anima, sacarlo de su cruz. Un atrevimiento tras otro se repiten en esos dragones, y debe insistirse, a pesar de la hermosura de las melodías del Sanantonino, que en su música hay un puro atrevimiento.

¿Qué es lo que hace Chinoy?. Lamentablemente, la ignorancia como madre de los males es la única culpable de que lo que hace Chinoy se lo rotule con un nombre tan tonto como redundante (nu-folk) y se lo defina como una tendencia de gente que canta con guitarra de palo, melosa y repetitivamente.


Pero bueno, se canta con guitarra por “sentido y razón”, se canta con guitarra no ya para cantar al amor, ese terreno –dicen- es baladí. La guitarra es un arma (Woodie Guthrie tenía escrito en la suya “This machine kills fascists”); un arma de largo alcance, pero no violenta (Bob Marley decía que peleaba “single-handed with music”). Tengo la impresión de que Chinoy también está en estas batallas, lleno de sentido y razón.

¿Qué es lo que hace Chinoy?... cantar, otro verbo intransitivo.

"La vida sin cabrón, ni penitencia", tal como mostrar un amor que resuma todas las culpas, es un mensaje potente, lleno de velos, único lugar donde puede encontrarse la Verdad. Un alma, sólo un alma se necesita para ello, la propia. Pero poetas, poetas con palabras de poder pueden traer de vuelta ese caos para que seamos "estrellas danzantes", dragones para quemar nuestra histórica indecencia.

Chinoy es una voz necesaria.

Esta es una reseña apócrifa.


DANIELA CONEJERO TRIO


El pasado Jueves 18 de diciembre Daniela Conejero Trío nos deleitó con una velada única llena de sensaciones y suspiros.

Con Daniela Conejero en las composiciones, voz, guitarra acústica, y cajón peruano; Simón González en la guitarra eléctrica, efectos y coros; y Felipe Conejero en el bajo eléctrico; entre el llanto y la risa avanzó la noche.

Se levanta el telón y comienza Simón a batir sus alas, ofreciendo sonidos y efectos que llenaron de música las voces del lugar, para así dar paso a “Charanguito Viejo”. Así, entre ritmos latinoamericanos, se comienza a dibujar el espacio y, al recorrer las letras de cada canción, queda al descubierto lo sublime, bello, bendito y bueno, toda el alma de su autora entregada a voz en cuello para compartir las experiencias que a su vida han inundado.



Es tal la emoción de su interpretación, de su voz de pajarillo que vacila entre el dolor, la tristeza, la belleza y el amor, y de su lírica, que el público se llena de sus vívidas emociones desnudando su silencio sin pudor ni vergüenza para dar paso a un festín de sollozos deliciosamente tristes. Evidencia de ello es “Pechito Rojo”, un tema interpretado a dúo con Felipe Conejero, que revela la intención fortuita de detenerlo todo llevando fórceps al pecho de cada individuo para ver si el corazón late, tan fuerte como debiera.

Quizás la ola mas fuerte que nos quiso mostrar este acantilado orgulloso de su altura, fue “Carta de mañana”: una canción a cantada a capela que desató hasta el nudo más difícil de roer de las gargantas presentes, pues fue un tema cantado desde el corazón y más adentro, un consejo de vida que vacilaba entre el desdén, la soledad, el dolor apaciguado y la fuerza que obligatoriamente nace y queda de todo ello. Cantada desde el sentimiento más profundo, dejando el “pielómetro”(piel + termómetro) desbaratado por no poder elevarse aún más...

Cabe evidenciar que la simpleza de tres abastece a cien... ¿Qué puede decirse de la calidad en la ejecución con la que los músicos demostraron su arte y destreza?: tres humildes y grandiosos personajes se entregaron a su público una vez más, haciendo que cada segundo de nuestra existencia en ese espacio fuera pensado para sentir a Dios de nuestro lado, compartiendo el jaque, el desamor, la suerte, y el azar, y porqué no, las canciones de amor, cantadas con amor, que nos hicieron derretir de amor.

Quizás tanto he mencionado el llanto, la pena y las lágrimas que no se entiende dónde reside el bienestar de todas estas sensaciones. Debo decir que tras todos los nudos que este canto haya podido desatar, tras todos los corazones que esta estrella ha desbaratado, existe el gusto de la alegría, lucecita esperanzadora que ha de habitar en el confort de nuestros sentimientos más bajos, pues al sacar toda la pena de la tierra, algún día retornará la alegría. El desear olvidar quién eres para detener el dolor incólume plantado en tu cuerpo entero, debe tener alguna apertura, pues así como se tiene la posibilidad de sentir cada vez más pena, ese mismo espacio dentro de ti se agranda para tener la misma posibilidad de existir más alegría. Tras haber estado tan abajo, nada podría descender más e inevitablemente debíamos ascender en algún punto. Como dice el poeta Gibrán: “Cuanto más profundo ahonde el pesar en nuestro corazón, más alegría podrá contener. ¿No es la copa que guarda nuestro vino la misma copa que estuvo fundiéndose en el horno del alfarero?”

Sin más que decir, esperando que esta reseña explique un poco porqué es importante esta mujer dentro de la escena chilena, esperando no sólo que se intoxiquen de ella, si no que la amen tanto como yo lo he hecho, aprovechen la próxima vez que esta joyita retorne a Chile, y pongan ojo y oreja, y que este talento joven provoque estas costas de una vez y para siempre.

CONTRAFAZ


Para escuchar más temas de Contrafaz, haga click aquí.

¿Quién dijo que el infierno es un martirio? El miércoles 26 de noviembre, en la sala SCD Bellavista resultó una verdadera fiesta. El encargado ígneo fue Contrafaz (Constanza Villalobos en voz, Roberto López en bajo, Gonzalo Ubilla en batería y Felipe Duhart e Ítalo Aguilera en guitarras), quienes jugando al desquite con el destino, llegaron con vocación de pirómanos.

Desde un principio venían a prender fuego. Un bajo funk aportaba el combustible necesario para encender los ánimos, y en respuesta, la explosión de la batería mantenía las llamas altas. Se unían dos guitarras jugando constantemente al diálogo, a veces rayando en la improvisación jazzística: el chico Aguilera proponía la chispa del virtuosismo irreverente, Felipe el fulgor a través de la prolijidad. Mas, esta gran pira necesitaba de un guía. Y allí, cantando (con un hipnotismo de fogata nocturna) a pies descalzos sobre las brasas de la música, Constanza ofició de chamán.

Así fue como la tocata se constituyó en rito. Entre fiesta y mensaje, en Inerte y Sombras se sintió el desafío. Entre los arrebatos de paroxismo, sonó Heartbreaker. Finalmente de tanto arder, canciones como Caminos o Mala Vida rememoraban el dolor y la desesperación. Es la contrariedad del infierno, gusta pero asusta.

En suma, un acto liberador. Aprovechándose del fuego le rindieron un tributo purificante. Ayudó la intimidad del local, la familiaridad de público, la buena causa. Que no quede duda que los chicos de Contrafaz sublimaron tanto su mala suerte como el tiempo muerto en aquella velada. Tal como quedó demostrado en el escenario, la palabra (y la música del) fuego no los quema.


Para concluir apropiadamente esta reseña, urge la necesidad de comentar una de las líricas, Mala Vida:

Llena de recelo, Mala Vida es la fotografía del desencuentro. Corresponde a la proyección de la sombra del hablante, aquella que se apodera del espíritu en momentos de fractura. En su letra, Contrafaz nos propone la paranoia del desconsuelo,

Hoy esta vida comenzó muy mal/ Hoy esperaba creer en las sonrisas, las miradas, la libertad/ Soy un zombi en esta gran ciudad/ Soy un pedazo de algo más que se enajena con la violencia de este lugar.

los gritos de inconformidad vital, la desesperanza,

Vacío encuentro al final de esta Mala Vida que me arrastra/ Quizás no sepa encontrar en el alma la bondad

que trae aparejada la nostalgia de la felicidad perdida, y la impotencia ante el destino trágico.

Deseos de verme, la vida muy sana, la muerte/ Deseos de mente ¿qué es lo que le pasa a esta gente?/ Todos se arrancan se esconden debajo de las plantas/ Creen que pobreza es igual a la mierda que amamantan

Mala Vida es una poesía al desosiego: el sentido de la soledad, la rabia y la aflicción.

Hoy esperaba creerte un poco más/ Hoy esperaba encontrar un sentido a las palabras vacías que me bañan/ Voy caminando por un túnel sin final/ Caigo más profundo y no sé por donde comenzar una vez más/

En resumen, la risa del diablo.

No sé donde buscar/ Un poco de humanidad/ Dios mío, ayúdame/ Ayúdame a aceptar/ Todo esto que va mal/ O llévate a todos los parásitos de esta sociedad.

CHARANKU


Sala Master. Viernes 26 de septiembre de 2008.

La música es cosa de signos inequivocos. Sabemos que cierta música nos llega, porque a través de sus estímulos respondemos con sentires y sensaciones que nos superan, que nos embargan de reflejos despiadados, hipnotizadores. Escalofríos. Escalofríos por tu espalda y hacia tu cabeza. Escalofríos; escalofríos que nos dejan quietecitos, que nos hacen pedazos. Sobrecogimiento. Ojos que se cierran y cadencia. Un corazón que palpita con fuerza. Una imaginación que fluye.

Digo que la música es cosa de signos inequivocos. Y aunque pocas veces se presentan con fuerza esos signos, cuando acontecen, recordamos que estamos vivos, que nuestro ser es un misterio para nosotros mismos, que somos un cúmulo de respuestas subconcientes. Todos hemos sentido esto alguna vez. Me ha tocado sentirlo también con Charanku.

Charanku, "Charango Progresivo", es una banda instrumental compuesta por Italo Pedrotti (charango), Marcelo Arenas (bateria), Felipe Conejero (bajo eléctrico), Italo Aguilera (guitarra eléctrica), José Luis Delpiano (charango) y Diego Salazar (ronroco, piano) que, en un matrimonio entre la música andina y el rock, el charango y la guitarra eléctrica, Inti Illimani y Pink Floyd; aúna sonoridades que recogen toda la cosmovisión musical de nuestras raíces profundas y los estremecimientos modernos de los géneros musicales contemporáneos. Continuadores de la labor trazada por bandas como Los Jaivas; conjungan el ayer y el hoy para innovar, para traernos de vuelta los sonidos de nuestras montañas, de nuestros ríos, de nuestros valles, de nuestras estrellas... en fin, de nuestros parajes y su gente.



Y es que el Charango es un colibrí, un naranjo amanecer, el café de la tierra, la quietud del agua que corre, el temblor del cielo. El Charango parece ser una caja de recuerdos inconcientes y diáfanos que despierta en uno la genialidad olvidada del mundo andino popular y mestizo. Esa belleza intrínseca de su sonido, envuelta en una configuración propia del rock y la fusión de distintas fuentes musicales, permite reafirmar nuestra identidad y el amor por nuestra cultura. Porque nadie puede negar la increíble hegemonía de la guitarra eléctrica y lo electrónico en la música popular del mundo, mas eso no es una excusa para olvidarnos de donde venimos, qué es lo que somos. Charanku, de forma lúcida y bajo una perfecta estructura instrumental ha sabido vislumbrar un camino medio entre la tradición y la innovación; entre lo propio y lo foráneo. Así, han realizado un producto músical que puede ser igualmente atractivo para un extranjero o un americano, producto perfecto para el mundo globalizado de hoy.

Por su parte, la instrumentalidad de Charanku da mucho de que hablar. De partida es una ruptura al siempre asequible formato canción, más fácil de digerir y de mayor presencia en la escena musical. Pero lo cierto es que este tipo de composición es una gran forma de hacer partícipe al auditor en la obra, ya que ella es una invitación abierta al oyente a imaginar. Los títulos de sus temas: "Vuelo de Pájaros Azules", "Sideral", "Sibanak, El Ángel Errante", "Los Cuatro Jinetes"; son apenas pequeñas limitaciones, esbozos de perspectivas donde finalmente el contenido real de cada canción queda fijado en la convergencia entre el sonido y su receptor. Pero hay una cierta sensación de cosmogonía musical, de una cierta lucha intestina entre el cielo y la tierra que trae como consecuencia la creación del mundo y la humanidad... o también su destrucción. Es decir, hay una cierta visión a veces heróica y esperanzadora de la realidad, de un mundo nuevo por-venir; pero también una desazón horrible sobre las perspectivas actuales del mundo, tan llenas de iniquidad, violencia y muerte. Es casi como asistir al enfrentamiento constante entre Trentren-vilú y Caicai-vilú, a un lugar donde la humanidad siempre esta al borde de la vida y la muerte; donde somos medio títeres, medio artífices de nuestra propia gloria y tragedia.



Ahora bien, quisiera ser disculpado de antemano por todos los integrantes de Charanku. Porque a pesar de que podría escribir mucho más sobre esta gran agrupación y sus músicos, tengo la necesidad de comentar un poco a este chico Aguilera. Calzando los zapatos de Patricio Lisboa (ex-guitarrista de Charanku, radicado actualmente en Francia), Italo ha colmado todas las expectativas posibles en torno a la necesidad de un guitarrista excepcional para una banda tan excepcional y ambiciosa como ésta. Alejado de las premisas de la gimnasia musical, tan usual entre los guitarristas de hoy, el chico Aguilera ha seguido la senda de la espontaneidad y la inspiración como recursos principales; trayéndonos una guitarra punzante, eléctrica, llena de talento y sentimiento. Con esto no queremos decir que su técnica sea breve, sino que sencillamente este chico logra conexiones inusitadas, maravillosos prodigios que se expanden en el escenario, que hacen vibrar a la gente, simplemente porque él también está vibrando mientras toca. Más que estructuras, lo que tiene es pasión, algo que en ninguna escuela puede ser enseñado, porque proviene de la propia sabiduría interna, anclada más en el corazón que en el cerebro. Como repitirá Hesse, el saber es comunicable, la sabiduría no. Una gran técnica sólo puede producir una camada ordinaria de músicos; la inspiración, y un cierto genio natural para la profesión es lo que produce al gran hombre. Yo cuento a Aguilera dentro de éstos, y digo, pónganle ojo a este chico.

Finalizando esta reseña, me queda por decir que Charanku ha creado música que parece manar del aire, alimentarse del fuego, cantar a la tierra, resonar en los vientos; pero que aún así sirve de perfecto soundtrack para la cada vez más inhóspita jungla de concreto. Ha creado lisérgica música para disfrutar convulsionada o apaciblemente y echar la mente a volar. En fin, han realizado un trabajo realmente sorprendente lleno de guiños musicales y de vívidas atmósferas que en vivo parecen envolverte, atraparte y llevarte en un viaje por el universo errante, desembocando en las órbitas de un átomo, montado en ese lindo abejorro de las montañas que es el Charango. Charanku ES un evento imperdible, necesario y sobrecogedor; una fina muestra de que la música puede y debe ser representativa de su tierra, pero que también debe y tiene que llegar al gran público. Chilenos, por favor, una gran ovación para Charanku.


JOHNNY BLUES



“El Blues no es nada más que un buen hombre sintiéndose mal”, nos recuerda acertadamente una antigua frase blusera. Efectivamente, el Blues no es nada más que un vehículo universal que permite expresar aquellos sentimientos y quejidos recónditos que moran como cuervos en los pechos de los hombres. El Blues, por tanto, más que una estructura musical codificada, es una fibra esencial que vibra de igual forma en cada ser humano: y es que a todos se nos ha desgarrado el alma alguna vez, todos hemos sentido el Blues. De esta manera, amparada en esta estructura, esta expresividad se manifiesta como el fluir de una emoción natural; como un sentimiento hecho canto.

De ahí que la particular característica que rodea la vida de un verdadero Bluesman sea la dionisiaca espontaneidad de su acontecer sin ataduras ni pareceres, espontaneidad que se manifiesta en un vagabundeo de perro callejero donde sus aullidos cotidianos reflejan esas eternas malegrias de la vida. Digámoslo otra vez, el Bluesman se moldea en el puro sentir, en un sentimiento puro. Ajeno a las pretensiones, las lisonjas fugaces, la fama, la perfección técnica o cualquier otro ídolo de sal; vive cantando, canta viviendo. Y el Johnny, el Johnny Blues es uno de estos Bluesman verdaderos.



Podrías salir un día de tu casa y topártelo en algúna banca polvorienta de la Plaza de Armas, en el suelo de Huerfanos al lado de la Casa Amarilla, tal vez en Providencia junto a un quiosco de diarios, de repente en el tumultoso Persa Bío-Bío. El lugar no importa realmente. Él siempre está ahí, solo contra el mundo, sencillamente armado de una guitarra y una dulce harmónica diatónica. Y yo te lo digo, no podrás evitar ser atraído por su talento, por su genialidad, por su sinceridad, por su humildad. Inconscientemente, todos se ven influídos por las suaves melodías y los ritmos desenfadados; todos terminan tarareando, silbando, moviendo la cabeza sin notarlo. En esta ciudad llena de tristezas es algo muy hermoso de ver. Sí, el Johnny canaliza todo el Blues que habita en los recovecos de nuestro Santiago; como un prodigioso Hamelin errante que a cambio de nada logra espantar, justamente, a esos cuervos malagüeros de nuestros corazones con un sonido vivificador, límpido, fino; mas no por eso menos crudo.

El Blues es ciego. Porque en su no-videncia se muestra la clarividencia del adivino musical que desnuda al oyente y lo amansa como a un niño. El Johnny es ciego, y en su ceguera su visión musical se magnifica con los colores de lo que no puede ser visto con una retina. Su oído es inmaculado, su ejecución es impecable y su técnica musical recoge toda la tradición primigenia del Blues de antaño (las comparaciones con Robert Johnson o Blind Boy Fuller, sólo por nombrar, parecen no hacerse esperar). Sin embargo, el Johnny parece no tener mayores expectativas que las de vivir del momento y su música obedece a ese deseo de no ser atado a nada. Su elocuencia, por tanto, se transforma en algo único y contradictorio al ser mismo de la ciudad.



Sí, porque mientras la ciudad se desboca en un frénesi caótico y furioso, mientras el mundo corre para llegar al trabajo en la mañana y fantasea con llegar luego al hogar en la tarde, mientras las colmenas de hormigas-humanas viven fantasando con el pasado-mañana, con el fin de semana que se le desliza como arena entre sus dedos de autómata; el Johnny, piolita, incólume, es libre en el eterno hoy. El Blues, el canto de la esclavitud, lo ha hecho libre.

Nada más quisieramos agregar que esto: búsquenlo, escúchenlo, denle las monedas que se merece, disfrútenlo; en definitiva, sáquenle el jugo si se lo topan porque jamás estarán tan cerca de una persona que encarna algo que es espontáneo y franco en este mundo plástico y superficial. La espontaneidad es lo único verdadero porque nace, mana del milagro de la poética del acontecer; y este milagro escurridizo y gratuito jamás podrá ser igualado porque su naturaleza es la fragilidad del momento, de aquello que sólo existe por pura inspiración. Esto es señoras y señores, la verdadera esencia del Blues.



P.D.: Existe mucho más material en Youtube donde pueden encontrar más registros de lo que hace el Johnny Blues, lo maravilloso es que siempre es algún espectador anonadado que con su cámara o celular quiso capturar ese momento porque le pareció digno de ser compartido.